¿Es posible ser un creyente activo, asistir al templo, leer la Biblia, y aun así estar viviendo un estilo de vida que no tiene nada que ver con el evangelio real?
En el año 1797, el célebre político y abolicionista británico William Wilberforce publicó un libro que sacudió los cimientos de la sociedad de su época. El título traducido al español es Cristianismo Real, pero su nombre completo en inglés revela de inmediato su propósito: “Una visión práctica del sistema religioso prevaleciente entre cristianos profesos de las clases medias y altas de este país, en contraste con el cristianismo real”.
Wilberforce atacó una realidad que sigue vigente hoy: muchos cristianos confesos viven bajo un sistema religioso de apariencias, desconectados de una fe viva y coherente con las Escrituras. En esta obra, nos dejó una frase magistral que condensa el corazón del mensaje de hoy:
“Sólo cuando llegamos a los pies de la cruz con las manos vacías, imploramos la gracia y la misericordia de Dios, y volvemos a nacer por el Espíritu Santo que viene a morar en nosotros, podemos comenzar a vivir la vida a la que Dios nos llama.”
¿A qué vida nos ha llamado el Señor? A una vida de santidad, de servicio, de amor y de verdad. Pero para caminar en ella, primero debemos identificar qué áreas de nuestra vida cotidiana reflejan —o contradicen— el carácter de Cristo.
1. El diagnóstico: ¿Qué conductas apagan nuestra fe?
En Colosenses 3:5-9, el apóstol Pablo presenta una lista de actitudes y comportamientos que pertenecen a nuestra vieja naturaleza terrenal y de las cuales debemos despojarnos por completo:
5 Hagan, pues, morir todo lo que hay de terrenal en ustedes: que nadie cometa inmoralidades sexuales, ni haga cosas impuras, ni siga sus pasiones y malos deseos, ni se deje llevar por la avaricia (que es una forma de idolatría). 6 Por estas cosas viene el terrible castigo de Dios sobre aquellos que no lo obedecen; 7 y en su vida pasada ustedes las hacían. 8 Pero ahora dejen todo eso: el enojo, la pasión, la maldad, los insultos y las palabras indecentes. 9 No se mientan los unos a los otros, puesto que ya se han despojado de lo que antes eran y de las cosas que antes hacían,
- Inmoralidad sexual e impureza: Acciones ocultas o desordenadas que no honran el diseño de Dios.
- Malos deseos y pasiones descontroladas: Dejarse dominar por la ira, la envidia o el egoísmo.
- Avaricia: Definida en la Biblia como una forma de idolatría, pues consiste en poner al dinero en el centro de nuestras decisiones y seguridad.
- El enojo, las ofensas y el lenguaje indecente: Palabras que destruyen en lugar de edificar.
- La mentira: El creyente debe ser un reflejo de la verdad; su «sí» debe ser «sí», y su «no» debe ser «no».
Cuando persistimos en estas conductas, experimentamos consecuencias naturales en nuestras relaciones: el mentiroso se queda solo, el iracundo aleja a los demás y el avaro se esclaviza a lo material. Al final, perdemos el testimonio y restamos valor al mensaje que predicamos.
2. El tratamiento: Las virtudes del cristiano real
Por el contrario, el «vestuario espiritual» del creyente debe estar confeccionado con las virtudes detalladas en Colosenses 3:12-17:
- Compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia: El carácter visible de Jesús en el día a día.
- Soportarse y perdonarse mutuamente: Debemos perdonar de la misma manera en que fuimos perdonados por el Señor.
- Gratitud y alabanza: Un corazón que no alaba a Dios está espiritualmente dormido; la gratitud es el antídoto contra la queja.
- Hacer todo de buena gana: La palabra todo es un absoluto. Ya sea lavar un plato, atender una visita inesperada a la hora del almuerzo, o liderar una reunión, debemos hacerlo con alegría, sirviendo al Señor y no a los hombres.
3. La vida práctica: La fe en lo cotidiano
La verdadera fe no se vive en abstracto; se evidencia en nuestras relaciones más cercanas. Pablo aterriza esta teología en la vida diaria:
- En el matrimonio: Esposas respetuosas de la autoridad de sus maridos, y esposos que aman a sus compañeras y las tratan con delicadeza, erradicando la aspereza.
- En la familia: Hijos obedientes y padres sabios que no sobrecargan de demandas a sus hijos para no desanimarlos.
- En el trabajo: Empleados íntegros que trabajan con excelencia, no solo cuando sus jefes los están observando, sino por temor y respeto a Dios. Jefes que tratan con justicia y equidad a sus empleados sabiendo que tienen un Jefe en los cielos.
4. El secreto del cristianismo real: El Trono de la Gracia
Aquí es donde muchos chocan con la realidad: “Sé que debo cambiar mi carácter, mis malos pensamientos o mi orgullo, pero simplemente no tengo las fuerzas para hacerlo”.
La respuesta del mundo es la autosuficiencia: «Tú puedes, eres fuerte, búscalo en tu interior». Pero la respuesta del Reino de Dios es radicalmente opuesta: reconocer nuestra total incapacidad. Ni nuestra inteligencia, ni nuestra voluntad de hierro, ni nuestra disciplina nos librarán jamás del poder del pecado.
En Hebreos 4:15-16, la Biblia nos ofrece la verdadera salida:
“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”
¿Qué significa el «oportuno socorro»?
En el griego original, esta expresión se refiere a la ayuda urgente que se brinda en una situación de crisis extrema. Es el auxilio que llega cuando sientes que vas a ceder ante la tentación y clamas con desesperación.
El secreto de los grandes hombres y mujeres de la fe a lo largo de la historia no fue su fuerza natural; fue que aprendieron a clamar por misericordia de manera constante.
Dios no resiste al humilde que reconoce su bancarrota espiritual y se presenta ante Él con las manos vacías. Como bien lo experimentó el apóstol Pablo en 2 Corintios 12:10: “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Nuestra debilidad es el escenario perfecto para que el poder sobrenatural de Dios actúe en nosotros.
Conclusión: El llamado a la mesa
Vivir el cristianismo real es un llamado sobrenatural que requiere un poder sobrenatural. No trates de esconder tus debilidades ni intentes cambiarlas en tus propias fuerzas; acércate hoy mismo al trono de la gracia, sé sincero con Dios y clama por Su misericordia.
Una oración para reflexionar: Padre Celestial, hoy venimos ante ti con las manos vacías, reconociendo que no tenemos en nuestras propias fuerzas el poder para cambiar lo que está mal en nuestras vidas. Te pedimos perdón por confiar más en nuestro intelecto, en nuestros recursos o en nuestra propia voluntad que en tu gracia. Te suplicamos que extiendas tu misericordia, que nos concedas el oportuno socorro en nuestras debilidades y que transformes nuestro corazón para vivir una vida que realmente te dé la gloria. En el nombre de Jesús, Amén.