Una reflexión sobre Lucas 9:51-62
Hay pasajes de los Evangelios que parecen sencillos a primera vista, pero cuando nos detenemos en ellos descubrimos que contienen enseñanzas muy profundas acerca de nuestra manera de seguir a Jesús. Lucas 9:51-62 es uno de ellos. El pasaje comienza diciendo:
«Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.»
Lucas 9:51
Jesús sabía hacia dónde se dirigía. Jerusalén no era simplemente el siguiente lugar en su itinerario. Allí lo esperaba la cruz. Y, sin embargo, Lucas dice que Jesús «afirmó su rostro» para ir allí. Hay en esta expresión una imagen muy poderosa: Jesús conoce su misión y, a pesar de lo que le espera, no retrocede. Pero en el camino ocurre algo inesperado.
1. Cuando tenemos clara la misión, debemos preparar el camino
Jesús envió mensajeros delante de él para preparar su llegada a una aldea de los samaritanos. Sin embargo, los habitantes no quisieron recibirlo porque sabían que se dirigía hacia Jerusalén. Hay algo interesante incluso antes de llegar al conflicto. Jesús no parece actuar de manera improvisada. Envía personas delante de él para preparar el camino.
Esto nos recuerda un principio práctico: tener una misión requiere también prepararnos para cumplirla.
En nuestra vida cotidiana aparecen continuamente situaciones inesperadas. Algunas son importantes y otras simplemente nos distraen. Hay circunstancias que no son malas en sí mismas, pero pueden alejarnos de aquello que Dios nos ha llamado a hacer. Cuando tenemos claro nuestro propósito, necesitamos aprender a distinguir entre:
- lo urgente y lo importante;
- una oportunidad y una distracción;
- una interrupción y una responsabilidad;
- lo que debemos hacer ahora y lo que puede esperar.
No significa que nuestra vida deba convertirse en una agenda rígida. Significa que debemos vivir con propósito. Jesús sabía hacia dónde iba. Nosotros también necesitamos preguntarnos: ¿Hacia dónde estoy caminando?
2. El rechazo de los samaritanos revela una reacción muy humana
Los samaritanos y los judíos tenían una historia de profundas tensiones y enemistades. Por eso, cuando los habitantes de aquella aldea comprendieron que Jesús se dirigía a Jerusalén, decidieron no recibirlo. Entonces Jacobo y Juan reaccionaron. Ellos dijeron:
«Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?»
Lucas 9:54
Hay algo casi sorprendentemente humano en esta reacción. Jacobo y Juan amaban a Jesús. Precisamente por eso se sintieron ofendidos. Podríamos imaginar lo que había detrás de sus palabras: «¿Cómo se atreven a tratar así a nuestro Maestro?»
Y aquí aparece una de las grandes enseñanzas del pasaje.
Es posible amar sinceramente a Jesús y, al mismo tiempo, reaccionar de una manera que no corresponde al espíritu de Jesús.
Los discípulos habían aprendido mucho, pero todavía estaban creciendo. Esto debería ayudarnos a tener paciencia con nosotros mismos y con otros creyentes. La conversión no significa que inmediatamente desaparezcan todas nuestras inmadureces. Hay cosas que aprendemos rápidamente. Otras necesitan años.
3. Un amor inmaduro puede convertirse en deseo de venganza
Jacobo y Juan no estaban indiferentes ante Jesús. Al contrario: estaban profundamente identificados con él. Pero su amor todavía tenía algo de inmadurez. Habían pasado de: «Amo a Jesús» a: «Si alguien ofende a Jesús, merece ser destruido.» Y Jesús tuvo que corregirlos. Lucas dice:
«Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea.»
Lucas 9:55-56
Jesús no aceptó que sus discípulos utilizaran el poder de Dios como instrumento de venganza. Y aquí encontramos una pregunta que sigue siendo profundamente actual: ¿Qué hacemos cuando alguien rechaza aquello que creemos? ¿Lo atacamos? ¿Lo ridiculizamos? ¿Pedimos que Dios lo castigue? ¿Nos alegramos cuando fracasa? ¿O seguimos el camino de Jesús?
4. No fuimos llamados a condenar personas, sino a anunciar salvación
Aquí llegamos al corazón del mensaje. Jesús les recuerda a Jacobo y Juan que el propósito de su misión no era destruir, sino salvar. Esto encuentra un paralelo extraordinariamente claro en Juan 3. Jesús dice:
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.»
Juan 3:16
Y continúa:
«Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.»
Juan 3:17
Esto no significa que el Evangelio elimine la realidad del juicio. El mismo texto dice inmediatamente:
«El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado…»
Juan 3:18
La diferencia es fundamental. Jesús no vino a este mundo con la misión de destruir a quienes lo rechazaran. Vino a ofrecer salvación. El juicio pertenece a Dios. Nuestra misión es anunciar el Evangelio.
5. Una imagen sencilla: advertir del peligro
Imaginemos que caminamos por una carretera y descubrimos que unos metros más adelante hay un enorme agujero. ¿Qué haríamos? ¿Nos quedaríamos gritando: «¡Miren qué tontos son los que van hacia allá!»? ¿O advertiríamos: «¡Deténganse! ¡Hay un peligro adelante!»? La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente nuestra actitud.
El mensaje cristiano no debería ser: «¡Tú eres condenado!» como si nuestra función fuera dictar sentencia sobre los demás. Nuestro llamado es: «Hay peligro. Hay una salida. Mira a Cristo.» No anunciamos el Evangelio porque disfrutemos señalando la condición de los demás. Lo anunciamos porque creemos que Jesucristo salva.
6. «Como Moisés levantó la serpiente…»
Jesús utiliza una imagen conocida por Nicodemo:
«Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.»
Juan 3:14-15
La referencia está en Números 21. Israel había pecado y, en medio del juicio, muchas personas fueron mordidas por serpientes. Dios ordenó a Moisés levantar una serpiente de bronce, de manera que quienes la miraran vivieran.
La imagen es sorprendente. La solución no consistía en que la persona dijera: «Yo puedo arreglar esto por mis propios medios.» La vida dependía de confiar en la palabra de Dios. Jesús toma esa imagen y la aplica a sí mismo. Él sería levantado. Y todo aquel que creyera en él tendría vida. Aquí aparece una verdad central del Evangelio:
No se trata simplemente de reconocer que estamos enfermos o muertos espiritualmente. Se trata de mirar al que puede salvarnos.
Hay personas que reconocen que algo no está bien en sus vidas, pero continúan intentando resolverlo únicamente con sus propias fuerzas. Podemos tener recursos, conocimientos, inteligencia, experiencia y voluntad. Pero hay una dimensión de nuestra existencia que no podemos sanar por nosotros mismos.
Cristo nos llama:
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.»
Mateo 11:28
7. ¿Qué significa «mundo» en Juan 3:16?
Aquí conviene detenernos un momento, porque esta palabra puede generar confusión. En Juan 3:16 aparece la palabra griega κόσμος (kosmos), que literalmente puede referirse al mundo, al orden creado o, según el contexto, a la humanidad. El término no tiene exactamente el mismo significado en todos los pasajes del Evangelio de Juan. Por eso no debemos construir toda una doctrina simplemente a partir de una definición aislada de la palabra.
En Juan 3, el contexto es especialmente importante. Jesús acaba de hablar de la serpiente levantada en el desierto y de que «todo aquel que en él cree» tenga vida eterna. Luego amplía el horizonte: Dios amó al kosmos y envió a su Hijo para salvar.
El énfasis es que la salvación no queda restringida a Israel. El Evangelio se abre hacia la humanidad, incluyendo judíos y gentiles. Por eso, el centro del texto no es una discusión abstracta sobre la palabra «mundo». El centro es éste: Dios amó a la humanidad y envió a su Hijo para que todo aquel que crea en Él tenga vida eterna. Y esto debe conducirnos nuevamente a la misión.
8. La misión no consiste en convertirnos en jueces
Existe una tentación permanente para los creyentes: convertirnos en jueces de los demás. Hay personas que parecen tener una lista mental de quiénes están bien con Dios y quiénes están perdidos. Pero Jesús les dijo a Jacobo y Juan:
«Vosotros no sabéis de qué espíritu sois.»
La pregunta, entonces, no es únicamente: «¿Tengo razón?» También debemos preguntarnos: «¿La manera en que estoy defendiendo la verdad refleja el espíritu de Cristo?» Porque podemos tener razón en una discusión y, al mismo tiempo, representar mal a Jesús. Podemos defender una doctrina correcta con un corazón incorrecto. Podemos denunciar el pecado y hacerlo sin amor. Podemos hablar de santidad mientras despreciamos al pecador. Y entonces necesitamos volver a escuchar las palabras de Jesús:
«No sabéis de qué espíritu sois.»

9. El espíritu de Cristo produce una vida diferente
Pablo describe el fruto del Espíritu de esta manera:
«Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…»
Gálatas 5:22-23
Notemos algo. En esta lista no encontramos:
- deseo de venganza;
- orgullo espiritual;
- desprecio por el que piensa diferente;
- placer ante la desgracia ajena;
- deseo de destruir al adversario.
Encontramos: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza.
Eso no significa que el cristiano nunca deba confrontar el pecado, defender la verdad o ejercer autoridad. Significa que incluso cuando debemos confrontar, el carácter de Cristo debe gobernar nuestra manera de hacerlo.
10. A veces la respuesta de Jesús es simplemente seguir adelante
Hay otro detalle hermoso en el pasaje. Después de reprender a sus discípulos, Jesús no destruyó la aldea. Lucas simplemente dice:
«Y se fueron a otra aldea.»
Qué sencillo. No siempre tenemos que ganar una discusión. No siempre tenemos que convencer a todos. No siempre tenemos que responder a cada provocación. Hay momentos en los que debemos simplemente continuar caminando. Jesús tenía una misión que cumplir. Jerusalén estaba delante de él.
11. Pero seguir a Jesús tiene un costo
Después de este episodio, Lucas presenta tres encuentros con personas que quieren seguir a Jesús. El primero le dice:
«Señor, te seguiré adondequiera que vayas.»
Jesús responde:
«Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.»
Lucas 9:57-58
El segundo quiere seguirlo, pero tiene algo que atender primero. El tercero dice:
«Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa.»
Y Jesús concluye:
«Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.»
Lucas 9:62
Esta última frase merece especial atención.
12. ¿Qué significa «apto» para el Reino?
La palabra griega utilizada aquí es εὔθετος (euthetos). El término puede significar: apto, adecuado, útil, apropiado o bien dispuesto. Por eso, el énfasis del texto está en la idoneidad para el servicio del Reino, no simplemente en establecer una fórmula para determinar quién «entra» o «no entra» en el Reino.
La imagen es la de alguien que pone la mano en el arado, pero sigue mirando hacia atrás. Un agricultor que ara de esa manera difícilmente podrá mantener un surco recto. Jesús está hablando de una vida que necesita dirección.
13. Una vida dividida pierde eficacia
Esto no significa que seguir a Jesús implique abandonar irresponsablemente a nuestra familia, nuestro trabajo o nuestras responsabilidades. La Biblia enseña precisamente la responsabilidad hacia la familia, el trabajo y el prójimo. La cuestión es otra:
¿Quién ocupa el primer lugar en nuestro corazón?
Podemos tener familia y seguir a Cristo. Podemos trabajar y seguir a Cristo. Podemos ahorrar, estudiar, emprender, construir una carrera y seguir a Cristo. El problema aparece cuando esas cosas dejan de ser instrumentos bajo el señorío de Dios y se convierten en nuestros verdaderos señores. Cuando el corazón queda dividido, nuestra capacidad de servir también se divide.
14. No se trata de abandonar todo, sino de entregar todo
Jesús no está diciendo: «Abandona todas tus responsabilidades.» Está enseñando: «No permitas que aquello que amas te impida obedecerme.» Hay una diferencia enorme. Dios puede llamarnos a cuidar de nuestra familia. Puede llamarnos a trabajar. Puede llamarnos a estudiar. Puede llamarnos a emprender. Puede incluso permitirnos alcanzar posiciones de responsabilidad y prosperidad. Pero todo eso debe estar subordinado al propósito mayor:
amar a Dios y vivir para su Reino.
Cuando nuestra mirada está puesta en Dios, incluso nuestro trabajo cotidiano puede convertirse en una forma de servicio.
15. Dios puede usarnos incluso en nuestra inmadurez
Hay otra enseñanza que me parece profundamente humana. Dios utiliza personas imperfectas. A veces incluso nos utiliza a pesar de nosotros mismos. Podemos equivocarnos y, aun así, Dios puede sacar algo bueno de nuestra experiencia. Pero eso no significa que debamos conformarnos con nuestra inmadurez. Una cosa es que Dios pueda utilizarme en medio de mis debilidades. Otra muy diferente es que yo decida permanecer voluntariamente en ellas. No deberíamos aspirar a convertirnos en ejemplos de lo que otros no deben hacer. Deberíamos pedirle a Dios que nos transforme para ser instrumentos útiles en sus manos.
16. La pregunta que el texto nos deja
Después de leer Lucas 9, quizá la pregunta más importante no sea: «¿Quiénes son los samaritanos de mi época?» La pregunta es mucho más incómoda:
¿En qué momentos me parezco a Jacobo y Juan?
¿Hay personas que me han rechazado y a las que, en el fondo, deseo ver castigadas? ¿Hay personas con las que ya no quiero tener ninguna relación porque considero que «no merecen» mi tiempo? ¿He confundido defender a Cristo con defender mi orgullo? ¿Hay personas cuya desgracia me produce satisfacción? ¿He utilizado la verdad como un arma en lugar de utilizarla como un instrumento de gracia?
Y hay una segunda pregunta:
¿Qué cosas me hacen mirar hacia atrás?
¿Qué estoy colocando por encima de mi obediencia a Dios? ¿Mi seguridad? ¿Mi comodidad? ¿Mi reputación? ¿El dinero? ¿Una relación? ¿El miedo? ¿Un proyecto personal? ¿Una herida del pasado? ¿Una ambición?
17. La mirada hacia adelante
El agricultor que pone la mano en el arado necesita mirar hacia adelante. Y eso es precisamente lo que Jesús estaba haciendo. Lucas dice que Jesús afirmó su rostro para ir a Jerusalén. No permitió que el rechazo de los samaritanos lo desviara. No permitió que la reacción inmadura de sus discípulos lo desviara. No permitió que el costo de su misión lo desviara. Siguió adelante.
Y esa es una imagen poderosa para nuestra propia vida. Habrá personas que nos rechacen. Habrá personas que no comprendan nuestra fe. Habrá ocasiones en las que seremos tratados injustamente. Habrá momentos en los que querremos responder con la misma dureza que hemos recibido.
Pero Jesús nos recuerda:
«Vosotros no sabéis de qué espíritu sois.»
El espíritu de Cristo nos lleva por otro camino. Un camino de amor. De misericordia. De paciencia. De verdad. De servicio. De perseverancia. De salvación.
18. Nuestra misión: rescatar, construir y bendecir
Si Cristo vino a salvar, nuestra misión no puede consistir principalmente en destruir. Hemos sido llamados a anunciar. A servir. A ayudar. A construir. A amar. A advertir del peligro. A señalar hacia Cristo. A caminar con quienes quieren conocerlo. A ser instrumentos de reconciliación. No somos jueces del mundo. Somos siervos de Cristo dentro del mundo. Y precisamente por eso debemos preguntarnos continuamente:
¿Cuando las personas me encuentran, encuentran algo del espíritu de Jesús?
Una decisión práctica para esta semana
Quizás este mensaje pueda quedarse simplemente en una reflexión bonita. Pero sería mejor que se convirtiera en una decisión concreta. Por eso te propongo tres pasos.
1. Identifica a una persona
Piensa en alguien que te haya rechazado, herido, contradicho o tratado injustamente. No necesitas justificar lo que esa persona hizo. Simplemente reconoce honestamente lo que hay en tu corazón hacia ella.
2. Ora por esa persona
No para que Dios la castigue. Ora para que Dios te dé un corazón semejante al de Cristo y, si es posible y apropiado, abra una puerta para mostrarle amor.
3. Identifica aquello que te hace mirar hacia atrás
Pregúntale a Dios: «Señor, ¿qué estoy poniendo por encima de ti?» Escribe una respuesta concreta. Y durante esta semana toma una decisión práctica relacionada con ella. Puede ser pedir perdón. Perdonar. Retomar una responsabilidad. Abandonar un hábito. Ordenar una prioridad. Dedicar tiempo a la oración. Volver a servir. Compartir el Evangelio con alguien. O simplemente dejar de alimentar una actitud de resentimiento.
Una oración para terminar
Padre, te damos gracias por tu Palabra, porque ella muchas veces funciona como un espejo que nos muestra cómo estamos realmente. Perdónanos porque algunas veces hemos sido como Jacobo y Juan. Hemos querido que caiga fuego sobre quienes nos han rechazado, herido o contradicho. Hemos confundido nuestra defensa de la verdad con nuestro propio deseo de tener la razón. Enséñanos el espíritu de Cristo. Ayúdanos a perdonar. Ayúdanos a ser misericordiosos. Ayúdanos a tener benignidad. Renueva nuestro entendimiento y transforma nuestro corazón. Ayúdanos a dejar nuestras cargas en tus manos y a recordar que tú eres más sabio que nosotros. Haznos instrumentos de bendición, de amor, de misericordia y de salvación. Señor, ayúdanos a no vivir mirando hacia atrás. Muéstranos aquello que estamos colocando por encima de ti. Danos un corazón dispuesto a obedecerte y una vida útil para tu Reino. Que cuando las personas nos encuentren puedan encontrar, no nuestro orgullo ni nuestra dureza, sino algo del carácter de Jesucristo. Gracias por el amor que has tenido para nosotros y por haber enviado a tu Hijo para salvar.
En el nombre de Jesucristo.
Amén.