En nuestro caminar cristiano, a menudo nos enfocamos en lo que Dios puede darnos más que en lo que Él espera de nosotros. Sin embargo, la relación de pacto con nuestro Creador es bidireccional: Él promete fidelidad y cobertura, pero también establece responsabilidades para sus hijos.
Llegamos a la tercera y última exigencia resumida en Miqueas 6:8:
«Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno; ¿y qué pide el Señor de ti? Solamente hacer justicia, amar la misericordia y humillarte ante tu Dios.»
— Miqueas 6:8
Una traducción más literal y cercana al texto hebreo para la última frase es: «humillarte para andar con tu Dios». Traducido así, el mensaje cobra una fuerza y una claridad contundentes.
La diferencia entre que Dios esté contigo y que tú andes con Dios
En la predicación cotidiana es muy común apoyarnos en pasajes de fortaleza como Josué 1:9 («Jehová tu Dios estará contigo dondequiera que vayas») o Mateo 28:20 («He aquí yo estoy con vosotros todos los días»). Estos versículos nos llenan de confianza porque nos aseguran la presencia de Dios en todo momento.
Sin embargo, decir que Dios está con nosotros no es lo mismo que decidir andar con Dios. Toda doctrina tiene su complemento: la verdad de que Dios nos acompaña va de la mano con la responsabilidad de que nosotros caminemos a su lado.
Caminar con Dios es un llamado más profundo que solo disfrutar de los beneficios de la salvación. Implica una decisión activa de seguir sus pasos.
Tres testimonios de hombres que caminaron con Dios
A lo largo de la Escritura encontramos ejemplos claros de lo que significa andar en la presencia del Señor:
- Enoc (Génesis 5:22-24; Hebreos 11:5): Es el primer hombre del cual la Biblia dice explícitamente que «caminó con Dios». En Hebreos se aclara el significado de este andar: «tuvo testimonio de haber agradado a Dios». Su entorno podía dar fe de que vivía alineado con la voluntad divina.
- El rey Josías (2 Crónicas 34:1-2, 27, 31): Al escuchar la lectura del Libro de la Ley que había sido hallado en el templo, se conmovió, rasgó sus vestiduras, lloró y se humilló delante de Dios. Posteriormente, hizo un pacto de caminar en pos de Jehová y poner por obra las palabras del pacto con todo su corazón.
- El rey David (Salmo 86:11): David oraba diciendo: «Enséñame, oh Jehová, tu camino; caminaré yo en tu verdad; afirma mi corazón para que tema tu nombre». Para el mundo, relacionar la firmeza del corazón con el «temor» suena contradictorio, pues el miedo suele causar inestabilidad. Sin embargo, el temor reverencial a Dios no genera pánico; aporta paz y firmeza porque nos lleva a hacer lo correcto.
El peligro de andar en nuestros propios consejos: El caso de Lot
Para entender lo desastroso que es no caminar con Dios, basta con mirar la vida de Lot. La Escritura nos confirma en el Nuevo Testamento que Lot era un hombre justo, pero su historia en Génesis nos muestra a alguien que tomó decisiones basadas en la apariencia y la conveniencia personal en lugar del consejo de Dios:
- Se separó de Abraham por sus propios intereses económicos.
- Eligió la fértil llanura del Jordán mirando con sus propios ojos, asentándose cerca de Sodoma y Gomorra.
- Aunque sufría por la impiedad a su alrededor, se dejó amoldar por el entorno.
Al final, Lot perdió su ganado, su casa, su esposa y el fruto de su trabajo. Terminó viviendo en una cueva y dando origen a naciones enemigas del pueblo de Dios. Es el ejemplo de alguien salvado «como por fuego», pero cuya vida no reflejó un caminar humilde con Dios.
Jeremías 7:24 y el Salmo 81:12 describen esta actitud: cuando rehusamos escuchar a Dios, terminamos caminando «en nuestros propios consejos». Hacer lo que a cada uno le parece es la prueba más clara de un corazón endurecido y soberbio.
¿Por qué necesitamos humillarnos?
Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se repite una verdad categórica (Proverbios 3:34; 1 Pedro 5:5):
«Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.»
- El soberbio: Cree que su opinión o sabiduría es más valiosa que la de Dios. Confía en sus propias fuerzas y recursos. Al actuar así, encuentra en Dios a un oponente que frena sus planes egocéntricos.
- El humilde: Como decía el teólogo Juan Calvino al comentar Mateo 5:3 («Bienaventurados los pobres en espíritu»), el humilde es aquel que está reducido a nada en sí mismo y descansa plenamente en la misericordia de Dios. Reconoce su imposibilidad de cumplir la Ley por sus propios medios y exclama como el publicano en Lucas 18:13: «Dios, sé propicio a mí, pecador».
Meditando en esto, hemos llegado a enterarnos del trágico caso de una persona conocida que se quitó la vida, lo cual es una situación profundamente triste para todos. Sabemos que el maligno y sus huestes, junto con este mundo caído, hacen todo lo posible por destruir a las personas. Es precisamente en los momentos de profunda desesperanza o desesperación cuando el ser humano se vuelve más vulnerable y llega a pensar que la única salida es la muerte.
Sin embargo, cuando no tienes nada, cuando estás oprimido por los problemas y las situaciones difíciles, cuando te sientes perseguido por las deudas, por las consecuencias de malas decisiones o por cualquier otra carga, y sientes que no hay escapatoria y que te reduces a nada… si a pesar de todo eso decides confiar en el Señor y entregarle esa carga a Dios, eres en verdad un pobre de espíritu.
Por el contrario, si ante esa misma presión y desesperación decides resolver las cosas a tu manera, sin buscar a Dios y sin confiar en Él, la Escritura señala que hay un fondo de orgullo. Suena duro, pero es lo que enseña la Palabra de Dios. No se trata de juzgar desde afuera, sino de discernir lo que ocurre en lo íntimo del corazón: si la persona rehúsa confiar en Dios y persiste en resolverlo todo bajo sus propios términos, está actuando desde una postura de autosuficiencia.
Por supuesto, esto no anula nuestro deber como cristianos: Dios nos manda a ser profundamente misericordiosos, amorosos y prestos a apoyar a quienes atraviesan situaciones difíciles. Siempre recordandoles que con Dios y en Dios siempre hay propósito y esperanza.
Cuando nos humillamos y reconocemos nuestra debilidad, Dios nos otorga su gracia. Como expresaba Agustín de Hipona en su famosa oración: «Señor, da lo que pides, y pide lo que quieras». Él sabía que antes de su conversión no tenía la fuerza para vencer sus pasiones, pero entendió que Dios capacita al que se humilla y pide auxilio.
Puntos de autoreflexión para el creyente
- ¿Cómo son nuestras oraciones? ¿Nos acercamos a Dios para exigirle, reclamarle o pedirle cosas para nuestras propias metas, o nos postramos con la humildad del publicano a pedir misericordia?
- ¿Qué testimonio da nuestro entorno? ¿Las personas que viven o trabajan con nosotros pueden dar fe de que caminamos con Dios, tal como ocurrió con Enoc?
- ¿Sentimos la gracia o la resistencia de Dios? Si constantemente intentamos solucionar todo en nuestras fuerzas y nuestros planes se estrellan, convendría examinar si Dios nos está resistiendo para enseñarnos a depender de Él.
- ¿Cómo reaccionamos en la crisis? Ante las dificultades, ¿perdemos la calma y buscamos salidas apresuradas, o actuamos con la serenidad de quien sabe que camina al lado del León de Judá?
Pasos prácticos para tu caminar espiritual
Andar humildemente con Dios no es un concepto místico o abstracto; se demuestra en las decisiones diarias. Esta semana, te invitamos a dar los siguientes pasos:
- Haz un inventario de tus decisiones: Identifica un área de tu vida (financiera, laboral, familiar o ministerial) en la que estés actuando bajo tu «propio consejo» sin haber buscado la dirección de Dios ni de hermanos maduros. Detente y rinde esa área al Señor en oración.
- Modifica tu tiempo de oración: Antes de presentar tus peticiones cotidianas, dedica los primeros minutos a reconocer sinceramente tu necesidad de Dios, pidiendo su perdón y ayuda para cumplir lo que Él demanda de ti.
- Practica la sumisión y escucha el consejo: La humildad se refleja en la disposición a dejarse guiar (1 Pedro 5:5). Si estás pasando por un problema o una crisis, busca a un creyente maduro en la fe, escucha su consejo bíblico y mantente receptivo a la instrucción de la Palabra.
Oración final
Padre Celestial, te pedimos perdón porque en muchas ocasiones hemos actuado con soberbia y nos hemos apoyado en nuestro propio entendimiento. Reconocemos que nos cuesta humillarnos y que con frecuencia buscamos resolver las crisis en nuestras propias fuerzas. Pon en nosotros un arrepentimiento genuino y el querer como el hacer por tu buena voluntad. Afirma nuestro corazón en tu temor reverencial y enséñanos a depender de tu gracia cada día. Queremos ser como aquellos que caminan contigo en verdad y humillación. En el nombre de Jesús, Amén.