La fe es un concepto central en la vida cristiana, pero con frecuencia se presta a confusión. Para comprenderla en su dimensión justa, es necesario reconocer que la fe consta de dos partes interconectadas: la fe que Dios nos concede soberanamente y la fe que nosotros debemos ejercitar a diario.
1. La fe como un regalo inmerecido de Dios
Al reflexionar en el Evangelio de Juan 3:36 («El que cree en el Hijo tiene vida eterna…»), notamos un énfasis constante en la persona de Jesús. En el siglo I, los oyentes judíos ya conocían a Dios y la Tanaj (el Antiguo Testamento); lo novedoso y crucial del mensaje apostólico era reconocer que Jesús es el Mesías enviado por el Padre. Hoy ocurre algo similar: muchas personas afirman creer en «Dios» a su manera, pero la Escritura enfoca la vida eterna en la fe en el Hijo.
Sin embargo, ¿de dónde surge esa capacidad de creer? El apóstol Pablo lo aclara en Efesios 2:8-9:
«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.»
- La Gracia (Jaris): En el griego del Nuevo Testamento, la palabra traducida como gracia (jaris) está íntimamente ligada al concepto de un favor o regalo inmerecido. Gracia y regalo comparten la misma raíz conceptual: algo que se otorga por la pura voluntad y soberanía del dador. Un regalo no se exige ni se gana; se recibe.
- El Don de Dios: Pablo enseña que incluso el instrumento para ser salvos —la fe— no procede de nuestra propia agudeza intelectural o mérito personal, sino que es un regalo (dōron) concedido por Dios.
En la teología cristiana, este despertar espiritual se relaciona con la regeneración o el nuevo nacimiento. Como le explicó Jesús a Nicodemo en Juan 3, el Espíritu Santo obra con la libertad del viento: actúa en el corazón humano iluminando la mente para que la persona pueda responder con convicción.
Comprender que la fe es un don divino elimina todo margen para la prepotencia espiritual. Ningún creyente puede jactarse de ser «más sabio» por haber creído, sino reconocer con humildad que Dios fue quien cambió su corazón.
2. Ejercitar la fe en la vida diaria
Si Dios es quien nos da la fe inicial para creer, a nosotros nos corresponde ponerla en práctica. En Hebreos 11:1 se define la fe como «la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve». Creer en lo que no es visible a los ojos físicos es una actitud antinatural para el ser humano, acostumbrado a confiar solo en certezas tangibles.
El ejercicio de la fe se vuelve evidente en nuestras decisiones ordinarias, especialmente en el perdón y la paciencia.
En Lucas 17:3-4, Jesús nos confronta con una instrucción exigente: si un hermano peca contra nosotros siete veces al día y siete veces vuelve arrepentido, debemos perdonarle. Ante una demanda tan costosa para el orgullo humano, los apóstoles reaccionaron en el versículo 5 con una petición honesta: «Señor, auméntanos la fe».
La respuesta de Jesús en el versículo 6 nos recuerda que la fe no es una fuerza mística que se mide por volumen, sino una convicción que se acciona: tener fe como un grano de mostaza implica decidir obedecer a Dios aun cuando la emoción o las circunstancias sugieran lo contrario.
Regresar al hogar y confiar en que el Padre lo perdonaría —siquiera para admitirlo como un jornalero más— requirió un profundo ejercicio de fe por parte del hijo pródigo, a pesar de lo improbable que resultaba desde la lógica humana.

Una ilustración histórica sobre la obediencia activa
En el contexto del Imperio Romano, un soldado tenía la facultad legal de exigirle a un habitante local que cargara su equipaje durante una milla (aproximadamente 1.480 metros). Era una norma impositiva y desgastante. Sin embargo, en el Sermón del Monte, Jesús les dijo a sus oyentes: «y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos» (Mateo 5:41).
Ir la «segunda milla» significaba superar la mera obligación y responder desde una lógica distinta: el amor y la dignidad de la fe. Cuando decidimos perdonar a quien nos ofende, sobrellevar las cargas de otros o actuar con integridad frente a las dificultades, estamos ejercitando activamente la fe que Dios nos otorgó.

3. Vivir conscientes de la gracia en las pruebas
Las pruebas y vicisitudes de la vida no son eventos fuera del control de Dios, sino oportunidades donde nuestra confianza en Él se fortalece. A veces, las circunstancias nos confrontan con incertidumbres económicas, conflictos familiares o cansancio emocional.
Es natural que en momentos de aflicción sintamos que nuestras fuerzas son escasas. No obstante, permanecer caminando, buscando a Dios en oración y manteniendo la paz familiar aun cuando las respuestas tardan, es un testimonio vivo de fe. El texto de Hebreos nos recuerda que la vida cristiana se desarrolla ante una «gran nube de testigos», animándonos a perseverar con la mirada puesta en Dios.
Un paso práctico para esta semana
La fe no es estática; crece en la medida en que la ejercitamos. Te invito a asumir un compromiso concreto durante los próximos días:
- Identifica tu «segunda milla»: Piensa en una situación, persona o conversación pendiente que te resulte difícil o desgastante enfrentar.
- Decide responder en fe: En lugar de reaccionar desde la molestia o el desánimo, toma la decisión consciente de perdonar, escuchar o brindar ayuda de manera desinteresada.
- Busca a Dios en lo cotidiano: Dedica 10 minutos cada mañana a la lectura bíblica y la oración sencilla, recordando que las fuerzas para obedecer provienen de la gracia que Él nos da cada día.