Hoy quiero compartir con ustedes un tema que tenía pendiente desde hace tiempo. Sé que para muchos es un asunto sensible e incómodo que puede generar cierta resistencia o molestia: el diezmo y la ofrenda.
Sorprendentemente, el conflicto casi nunca es la gratitud. El 90% de las personas está de acuerdo en que es bueno ser agradecidos por las bendiciones recibidas y compartir de lo que Dios nos da. La verdadera dificultad surge cuando debemos dar a Dios a través de instituciones u hombres tan imperfectos como nosotros.
Sin embargo, a lo largo de las Escrituras vemos que Dios acostumbra a usar a personas imperfectas para ejercitar nuestra fe:
- Pide a los esposos amar a sus esposas, aun cuando humanamente sientan no tener razones.
- Pide a las esposas ser respetuosas, aun cuando el esposo no siempre se haya ganado ese respeto.
- Nos pide perdonar a quienes nos ofenden porque Él nos perdonó primero.
Perdonar o dar no depende del mérito de la otra persona, sino de nuestra fe en lo que Dios ha hecho por nosotros.
1. La naturaleza de la fe
Para comprender este principio, debemos recordar qué es la fe. La palabra fe está estrechamente ligada al término fiducia, que significa confianza.
La fe bíblica es confiar en Dios antes que en la situación; es creer que Él obrará aun cuando todavía no veamos los resultados.
Decir que «todo saldrá bien» cuando tenemos el bolsillo lleno no requiere fe. La fe verdadera se ejercita precisamente cuando las circunstancias visibles no nos brindan seguridad, pero decidimos creerle a Dios.
2. El diezmo antes, durante y después de la Ley
Para entender cómo aborda la Biblia este tema, es útil analizar su desarrollo a través de la historia bíblica:
Antes de la Ley de Moisés
Mucho antes de que existiera la Ley, los patriarcas ya practicaban el diezmo como una respuesta espontánea de fe:
- Abraham y Melquisedec (Génesis 14:18-20): Al regresar de rescatar a su sobrino Lot, Abraham se encontró con Melquisedec, rey de Salén y sacerdote del Dios Altísimo. Melquisedec lo bendijo con pan y vino. En respuesta, Abraham le dio «los diezmos de todo». Abraham es llamado el padre de la fe porque fue justificado por creerle a Dios; su acción de diezmar nació de una actitud de fe y no de un mandato legal.
- Jacob en Betel (Génesis 28:12-22): Durante su huida, Jacob tuvo la visión de la escalera que tocaba el cielo. Al despertar, reconoció la presencia de Dios y prometió: «De todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti».
Bajo la Ley y el Nuevo Testamento
Bajo la Ley de Moisés, el diezmo se convirtió en un requisito formal. Con la muerte y resurrección de Jesucristo, la práctica ritualista de la Ley fue cumplida y abolida.
En la iglesia primitiva (Hechos 2:44-45), los creyentes compartían todo lo que tenían e incluso vendían sus bienes para cubrir las necesidades mutuas. En sus cartas posteriores, el apóstol Pablo aclara la dinámica para la iglesia: trabajar honestamente, sostenerse a uno mismo y dar voluntariamente según cada uno haya sido prosperado (1 Corintios 16:2).
Por lo tanto, en el Nuevo Testamento el estándar no es una cuota legal, sino la generosidad del corazón. Dar el 10% no es una imposición de la Ley para el cristiano, sino un excelente punto de partida guiado por el ejemplo de fe de Abraham.
3. El verdadero propósito: Aprender a temer a Dios
En Deuteronomio 14:22-23 se revela la razón de ser de este mandato:
«Indefectiblemente diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año… para que aprendas a temer a Jehová tu Dios todos los días.»
¿Qué relación tiene dar de lo que ganamos con el temor a Dios?
El temor de Dios no es miedo ni terror paralizante; es una reverencia profunda y respetuosa acompañada de amor y admiración. Es la misma actitud que se describe en Apocalipsis 15:3-4: «¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? Pues solo tú eres santo».
El temor de Dios y la confianza en Dios son dos caras de la misma moneda:
- El temor alimenta la confianza.
- La confianza fortalece el temor reverente.
Cuando devolvemos a Dios parte de lo que recibimos, nos obligamos a ejercitar la fe. Es fácil confiar en el salario o en el empleo; pero cuando apartamos algo para Dios, recordamos que la fuente de toda provisión es Él y no nuestras propias fuerzas. Dar se convierte en una disciplina espiritual para cultivar el temor reverente a Dios en la vida cotidiana.
4. Anécdotas de fe y provisión
La Biblia y la vida diaria están llenas de testimonios que ilustran cómo Dios responde cuando confiamos en Él por encima de nuestras limitaciones:
- La viuda de Sarepta (1 Reyes 17): Durante una hambruna, el profeta Elías le pidió a una viuda muy pobre que le preparara un panecillo primero con el último poco de harina y aceite que le quedaba para ella y su hijo. La mujer tuvo temor de Dios, creyó a la palabra del profeta y obedeció. El resultado fue que la harina y el aceite no escasearon en su casa durante todo el tiempo de la sequía.
- Un testimonio cercano: En una ocasión, una hermana que atravesaba una situación económica sumamente difícil tras una separación, sintió dar a una persona necesitada los únicos dos mil pesos que le quedaban en el bolsillo. Al llegar a su casa vio la alacena vacía y oró confiando en Dios. Al día siguiente, un conocido llegó de forma inesperada a su casa trayéndole una compra completa de alimentos, comentándole que había sentido una fuerte inquietud de bendecirla ese día.
Dios honra a quienes depositan su confianza en Él y ejercitan la fe con un corazón dispuesto.
5. Principios para dar en el Nuevo Testamento
Para aplicar la enseñanza Bíblica sobre nuestras ofrendas y contribuciones en la actualidad, conviene tener presentes los siguientes principios:
- Sostenimiento del ministerio: El apóstol Pablo señala en 1 Corintios 9:13-14 y 1 Timoteo 5:17-18 que quienes se dedican a la enseñanza y predicación del Evangelio son dignos de su salario («No pondrás bozal al buey que trilla»). Las contribuciones de la congregación permiten administrar los recursos para el trabajo ministerial.
- Atención a los necesitados: Como enseñaba el Antiguo Testamento (Deuteronomio 14:28-29) y confirmó la iglesia primitiva, las ofrendas se deben utilizar también para socorrer al huérfano, a la viuda, al extranjero y al necesitado dentro de la comunidad.
- Dar con alegría y liberalidad: En 2 Corintios 9:6-7 se sintetiza la actitud correcta:«El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.»
En el idioma griego del Nuevo Testamento, cuando se habla de dar con generosidad se utiliza el concepto de liberalidad (haplotēs), que implica dar con sencillez de corazón, con soltura y sin dobles intenciones ni desconfianza.
Conclusión
Dar a Dios no es una transacción económica ni un cumplimiento legalista; es una oportunidad para adiestrar nuestro corazón en el temor de Dios y liberarnos del amor al dinero o del miedo al futuro.
Al organizar nuestras finanzas para honrar a Dios con nuestros bienes, fortalecemos nuestra fe, aprendemos a depender de su provisión y participamos activamente en el apoyo a su obra y al cuidado de quienes nos rodean.