¿Has escuchado alguna vez la famosa canción «Vivo por ella», interpretada por Andrea Bocelli y Marta Sánchez? Es una pieza musical hermosa, con una lírica profunda y conmovedora. En una de sus estrofas dice: “Vivo por ella y nadie más puede vivir dentro de mí… Ella me da la vida, la vivo si está junto a mí… a mi lado siempre está para apagar mi soledad”.
Si cambiáramos la palabra «ella» por «Dios», la letra encajaría perfectamente como un canto de alabanza. Sin embargo, los autores no le cantan al Creador; le cantan a la música. Desde una perspectiva bíblica, cuando algo creado ocupa el lugar que solo le corresponde a Dios —pretendiendo darnos sentido, luz y salvación frente a la muerte—, nos encontramos ante una forma de idolatría.
La música en sí misma no es mala; es una creación de Dios. Compositores como J.S. Bach la utilizaban como un instrumento sublime para descubrir y reflejar la belleza divina. Pero la música no era el fundamento de su alma. El único que puede darnos vida y sostener nuestro corazón es Dios.
Para entender cómo desatar las ataduras que nos desvían de este fundamento, el apóstol Pablo nos ofrece una guía práctica y profunda en Colosenses 3:5-9. En este pasaje se destacan tres verbos en griego que marcan la pauta para una transformación radical.
1. Haced morir (Necrosate) – Cortar el suministro al pecado
“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría…” (Colosenses 3:5)
El primer verbo que utiliza Pablo es haced morir, que en el griego original se escribe necrosate (de donde provienen palabras médicas como necrosis o necropsia, relacionadas con la muerte de tejidos).
Gramaticalmente, este verbo está en tiempo aoristo (indica una acción decisiva en momentos específicos), en modo imperativo (es una orden, no una sugerencia) y en voz activa (la responsabilidad de ejecutar la acción recae directamente sobre nosotros).
¿Cómo se aplica?
Hacer morir el pecado no significa que nuestra vieja naturaleza desaparezca mágicamente por completo, sino que debemos dejar de alimentarla. Si un deseo pecaminoso no recibe alimento, termina agonizando.
- Si luchas con la impureza o la fornicación, haz morir ese pecado alejándote de los entornos, las conversaciones o las imágenes que lo fortalecen.
- Si el problema es la avaricia, la forma de matarla es ejercitando la generosidad: soltar y regalar.
En el momento exacto de la tentación (el aoristo), debes tomar la decisión activa de ir en la dirección contraria y ahogar la vieja naturaleza.
2. Dejad (Apothesthe) – Quitarse el traje sucio
“Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.” (Colosenses 3:8)
Quizá te preguntes por qué Pablo separa los pecados en dos listas. Los primeros (fornicación, avaricia) son conductas externas que podemos evitar debilitar. Pero en el versículo 8, Pablo introduce pecados que brotan del interior de manera explosiva: la ira, el enojo, la malicia y la blasfemia.
Para estos, utiliza el verbo dejad (en griego apothesthe), cuya figura literaria evoca la acción de quitarse una ropa vieja, sucia o pesada y apartarla de sí. Es una metáfora que también usan otros autores del Nuevo Testamento como Santiago y Pedro.
Para entender este concepto, debemos mirar los matices de estos pecados:
- La ira: Un fuego lento y permanente, un resentimiento solapado en el corazón.
- El enojo: La explosión súbita de rabia.
- La malicia: Una disposición perversa a pensar siempre lo peor de todo y de todos.
- La blasfemia: En este contexto, la resistencia espiritual que llama a lo bueno malo y a lo malo bueno, endureciendo el corazón.
¿Cómo nos quitamos este ropaje?
La Escritura nos muestra que no podemos simplemente desnudarnos; tenemos que vestirnos de algo nuevo. Romanos 13:12 nos dice: “Desechemos pues las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz”. Nos despojamos de la amargura al creer y apropiarnos de las verdades de Dios.
3. Habiendo despojado (Apekdysaménoi) – Renuncia total y fe de niño
“No mintáis los unos a los otros, habiendo despojado del viejo hombre con sus hechos…” (Colosenses 3:9)
El tercer término es habiendo despojado (apekdysaménoi), una palabra aún más intensa que la anterior, que implica una renuncia total y definitiva a la antigua manera de vivir, a nuestra práxis (práctica o modo de actuar sostenido).
La razón por la cual el cristiano —a diferencia de quien no conoce a Dios— tiene el poder real para cambiar sus hábitos y reemplazarlos por buenas obras es porque su vida vieja ya murió y ahora está escondida con Cristo en Dios (Colosenses 3:3).
El secreto: Recibir la Palabra como un niño
¿Cómo encontramos la fuerza diaria para hacer morir y despojarnos de estas actitudes? La respuesta la encontramos en los pasajes paralelos de Santiago 1:21 y 1 Pedro 2:1-2. Los apóstoles coinciden en que, al desechar la malicia, debemos recibir la Palabra implantada y desearla como niños recién nacidos que buscan la leche espiritual.
El salmista también hablaba de buscar a Dios como un «niño destetado» que clama con desespero por su madre. El problema es que a veces pasamos días enteros sin abrir la Biblia; no tenemos la actitud de ese niño.
Ser fuertes espiritualmente requiere la paradoja de hacernos pequeños:
- Un niño recibe las promesas de sus padres con inocencia, sin sospechas ni malicia, creyendo plenamente.
- Si Dios dice que te ha salvado por gracia, un corazón de niño se alegra y descansa en ese regalo.
Cuando el corazón se aleja de Dios, sufre de pórosis (endurecimiento en griego) y deja de conmoverse con su amor. Si has perdido el gozo, si la apatía está gobernando tu vida, el camino es la reconciliación. No dependas de las circunstancias externas; el verdadero gozo proviene de saber que tu identidad está segura en los cielos.
Reflexión final para la semana
La transformación no ocurre por un simple esfuerzo de fuerza de voluntad, sino por un cambio de alimentación espiritual. Esta semana, cuando te enfrentes a la tentación o al desánimo, detente y pon en práctica estos tres pasos:
- Haz morir: No alimentes el deseo pecaminoso; corta la corriente.
- Déjalo aparte: Quítate la ira o la malicia como un traje que ya no te pertenece.
- Pídele a Dios un corazón de niño: Vuelve a las Escrituras con sencillez, abraza sus promesas sin reservas y permite que el Espíritu Santo renueve el gozo de tu salvación.
