Reflexiones sobre la pérdida de un hijo y la fe en Dios

Mi hijo partió hacia la presencia del Dios Todopoderoso hace varios meses. Apenas puedo escribir estas palabras con algo de tranquilidad. La fe personal se ve confrontada en un momento así, donde la confianza en las promesas del Señor es lo único que da sostén para caminar, levantar la mirada y poder ver lo que me rodea. Ni hablar de los sentimientos… parece que una parte de uno mismo hubiese partido con mi hijo. El vacío y el recuerdo generan tormentas en mi alma que sólo mi Señor ha calmado con su bondad, su amor y su paciencia infinitos. Él me ha rodeado, en algunos momentos, de maneras tan reales que puedo experimentar su abrazo cariñoso.

Las lágrimas salen solas; no hay nada que hacer. Recuerdo que Jesucristo lloró cuando su amigo Lázaro estaba en la tumba, incluso sabiendo que lo iba a resucitar. El gran pastor de la Iglesia, Agustín de Hipona, lloró cuando su madre partió. Aunque luchó por no hacerlo, porque sabía que ella estaba en los cielos eternos, no pudo reprimirse. Así que lloraré por mi hijo, aunque esté en el cielo; no soy yo mayor que mi Salvador ni que Agustín.

Mi hijo fue tierno, noble, sensato. Siempre se cuidó de no lastimar a quienes lo rodeaban e, incluso en los momentos en que le hacían daño, trató de no devolver el golpe. No fue perfecto, cometió errores, pero siempre prevalecía en él la capacidad de levantarse y seguir andando.

Su fe en Cristo se mantuvo, incluso en los momentos en que el temor a la muerte se volvió algo real, algo posible. Eso le causó miedo, pero aun así decidió no quedarse arrinconado y quiso vivir, experimentar lo que un joven de su edad debía vivir. Viajó, caminó, bailó, se enamoró, tuvo amigos y les sirvió. En todo se entregó de corazón, con todo su ser; él no era de los que se guardaban para no salir lastimados.

Fue un hijo del Pacto, conocía a Dios y, a pesar de tener padres imperfectos, eso no limitó las promesas de Dios en su vida. Incluso con la madurez que el Señor le fue dando, confrontó a sus mayores en las cosas que había que cambiar. Fue un verdadero hombre antes de partir y dejó testimonio de ello. Fue un verdadero hijo de Dios y dejó testimonio de ello.

Me alegra haber podido consolarlo en algunos momentos, y me duele no haber estado en todos los que necesitó. Me alegra haberle dicho que estaba orgulloso de ser su padre y que siempre lo estaré. Le doy gracias a Dios por ese regalo tan maravilloso, por haber tenido el privilegio de tenerlo y de haber compartido con él tantos momentos.

Siempre he pensado que Dios se lleva a sus santos muy pronto. Algún día veré a mi hijo y estaré con él nuevamente, disfrutando de su presencia y juntos, en la presencia de Aquel que calma los corazones.

¡Dios dio, Dios quitó, sea el nombre de Jehová bendito!


Deja un comentario