¿Porqué se bautizó Jesús?

“Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él.

Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?

Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.

Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.

Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

Mateo 3:13-17

 

¿Por qué se bautizó Jesús? Es una pregunta recurrente cuando se leen estos pasajes. Cualquiera podría pensar que es un tema para hablar en una clase de teología, sin embargo, es de importancia capital para el ministerio de Jesús y para nuestra fe, como lo veremos en estas notas. La respuesta corta la dio el mismo Jesús en Mateo 3:15 “Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.”

¿Qué significa que debía cumplir toda justicia? Que Jesús estaba obedeciendo las ordenanzas del Padre, estaba obedeciendo las directrices dadas por Dios para iniciar su misión aquí en la tierra. Ampliemos un poco más el asunto.

El bautismo en agua fue la señal del inicio del cumplimiento del Nuevo Pacto o el Pacto Renovado que fue prometido por Dios a través del profeta Jeremías: 

«He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.»   Jeremías: 31:31-33

También lo confirmó a través del profeta Ezequiel:

«Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios.»  Ezequiel 36:26-28

En el tiempo de cumplir esta promesa Dios envió a un mensajero que prepararía el terreno para la llegada del reino de los cielos y de su rey el Mesías. Jesucristo mismo dio testimonio de Juan en Mateo 11:10, cuando dijo: “Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti.” Por eso, Jesucristo también dijo que Juan había sido el mayor de los profetas (Lucas 7:28).

Juan el bautista abrió las puertas para que el reino de los cielos iniciara, y a todo aquel que iba a participar de ese reino el bautismo en agua era, en palabras del teólogo cristiano y judío, Alfred Edersheim, una “consagración al nuevo Pacto del Reino y una iniciación preparatoria al mismo”.

En Juan 1:33 el evangelista narra el testimonio de Juan el bautista: “Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: Aquel sobre quien veas al Espíritu descender y posarse sobre El, éste es el que bautiza en el Espíritu Santo.” Dios mismo le dio la orden explícita a Juan de que bautizara en agua. Era necesario que Dios diera la orden porque esa práctica no existía y porque el propósito de Dios también era mostrar algo nuevo. En esa época había un bautismo de iniciación a los prosélitos, es decir, a aquellos que se convertían al judaísmo, era una práctica que era similar, pero no tenía el significado que Dios le dio al bautismo de Juan. Es fácil confirmar que en ninguna de las escrituras del Antiguo Testamento se había hecho lo que Juan iba a hacer. Con la orden dada a Juan el Bautista, Dios mismo dio inicio al cumplimiento de la gran promesa, la de la venida de su reino a la tierra, la de redimir a todos los que tenían la esperanza mesiánica, la de que Él va a ser nuestro Dios y Él mismo va a hacernos su pueblo.

Ahora la señal del Pacto con Dios no era una marca en el cuerpo, como lo había sido la circuncisión, una práctica que te marcaba el cuerpo, pero que no necesariamente tocaba el corazón, y eso era precisamente lo que Dios pedía:

 “Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz.” Deuteronomio 10:16

“Circuncidaos a Jehová, y quitad el prepucio de vuestro corazón, varones de Judá y moradores de Jerusalén; no sea que mi ira salga como fuego, y se encienda y no haya quien la apague, por la maldad de vuestras obras”   Jeremías 4:4

“Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.”   Romanos 2:28-29.

Ahora la señal del Pacto con Dios era el bautismo con agua, era la nueva marca para significar que se hace parte del pueblo de Dios y del reino de Dios, y esta señal, que no es una marca en el cuerpo, apunta mejor a la operación del Espíritu Santo en el corazón del creyente (Ezequiel 36:25 es la voz profética de lo que iba a hacer Dios con el agua). No interesa que otro ser humano vea la marca, interesa que Dios vea la marca, porque la alabanza viene de Dios y no de los hombres. El Bautismo no es un rito que obra mágicamente en quien lo hace, sino que apunta y resalta mejor la operación del Espíritu Santo en el creyente. Una operación en la cual Dios mismo circuncida nuestro corazón, para que nos nazca amarle a Él de corazón sincero y no que lo busquemos por una obligación externa o por conveniencia. Dios mismo nos hace hijos suyos como lo prometió desde el Antiguo Testamento:

“Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas.”   Deuteronomio 30:6

y es lo que Dios mismo obra en nosotros al hacernos participes de la obra de Cristo:

“En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo;”   Colosenses 2:11

Ahora bien, volviendo a la tarea de Juan el bautista, cualquier adulto normal que quisiera participar de la venida del reino debía mostrar arrepentimiento de pecado, por cuanto entendía que la participación en el reino de los cielos requería un cambio de vida, y lo hacía evidente al bautizarse. Pero Jesús no. Era necesario que Jesús se dejara bautizar por Juan, no porque Él tuviera pecados por los cuales arrepentirse, sino porque Él era el que traía el reino, Él era el que iba a llevar el reino de los cielos a la tierra con toda su obra y, sólo en su bautismo, Juan (y de ahí todos nosotros) iba a poder reconocer quién era el Mesías: “Aquel sobre quien veas al Espíritu descender y posarse sobre El, éste es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Bautizando a Jesús podría ver si el Espíritu desciende sobre Él y podría dar testimonio de quién era el Mesías. Y ese testimonio además, fue acompañado por la voz del cielo que Juan escuchó: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). El testimonio de Juan el bautista fue crucial para reconocer a Jesús como el Mesías, de ahí que sea mencionado en los cuatro evangelios.

Juan el bautista era reconocido en todas partes como profeta enviado por Dios y su fama y su obra era creída en lugares distantes de Jerusalén. El famoso historiador judio del siglo I, Flavio Josefo, menciona el impacto del ministerio de Juan en el Libro XVIII de su obra Antiguedades Judias. También el libro de Hechos menciona que cuando los apóstoles salieron a predicar a otras ciudades se encontraron personas bautizadas con el bautismo de Juan (Hechos 19:3). Si Jesús no se hubiera bautizado no tendríamos el testimonio de Juan el Bautista reconociéndolo como el Mesías prometido (Juan 1:31).

Cuando Juan bautizó a Jesucristo, ambos cumplieron la justicia de Dios, hicieron lo que Dios esperaba que hicieran “…así conviene que cumplamos toda justicia”. En la respuesta Jesús le dice a Juan que ambos debían cumplir la justicia de Dios y así lo hicieron (Salmos 119:172). Tanto Jesús como Juan obedecieron el mandato del Padre de los cielos, y aunque Juan estaba sobrecogido por la presencia del Mesías y se consideraba indigno de tal acción, obedeció la orden del Padre y lo bautizó.

Es hermoso ver como el Hijo de Dios se somete voluntariamente a lo que el Padre había ordenado y aún Juan el Bautista tenía que hacer lo se le envió hacer, aunque a todas luces reconocía su falta de dignidad. El punto que ambos enseñaron fue que hay que seguir las directrices dadas por Dios. Desde la perspectiva de Juan el bautista, debemos obedecer a Dios, aunque seamos indignos de hacerlo. Desde la perspectiva de Jesús, debemos obedecer al Padre, aunque seamos muy dignos para hacerlo; en otras palabras, por mas alto o por mas bajo que sea nuestro lugar en el reino de los cielos, Dios siempre será quien dirige su reino y debemos ajustarnos a sus órdenes, aunque eso signifique exaltarnos o humillarnos, porque a Él es a quien le debemos toda la Gloría. Ese fue el hermoso ejemplo de ambos, nuestro Señor Jesucristo y Juan el Bautista.  

Amén

 

 


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